Dos líneas


Con la que se ha armado en la escena política e internauta española en la última semana era difícil escapar a la enorme campaña mediática que se ha formado. Buscando información y opiniones sobre lo que estaba ocurriendo me tropecé con estos artículos: “Haciendo amigos” y “El manifiesto, si y no

He de admitir que me gustaron mucho sus opiniones y creo que siempre es importante oír voces disonantes con respecto a la opinión general porque ayuda a esclarecer los hechos. Pero también creo que en esta ocasión han arañado únicamente la superficie del problema y se han quedado en lo más evidente.

Dos cosas me han quedado claras después de estar leyendo tantas opiniones: España lejos de ser un país de contrastes es un país bipolar. Eres de izquierda o de derechas, del Barça o del Madrid, español o nacionalista, a favor o en contra de los derechos de autor. La otra es una clara animadversión hacia Enrique Dans por parte de muchos blogueros.

En esta ocasión no es diferente: si estás a favor de la propuesta del gobierno es que eres un vividor que quieres mantener una industria que debería desaparecer. Si estás en contra eres un pirata y un ladrón que quiere robar el trabajo de los otros. Así que llegados a este punto hay que elegir un bando y el mío está en contra de la disposición final de la Ley de Economía Sostenible.

Aunque espero que con la mejor de las intenciones, la nueva ley abre una puerta que los políticos –tras 40 años de dictadura- no deberían siquiera plantearse tocar: la sola mención de que sea una comisión y no los jueces los que decidan sobre el cierre de determinadas páginas va en contra de cualquier estado de derecho. No estamos hablando de proteger el intercambio de archivos ni a los que se lucran con ello sino de proteger un derecho fundamental e inalienable de cada ciudadano: el derecho a la intimidad, el secreto de las comunicaciones y la libertad de expresión. Y esto si es un derecho fundamental reconocido por la constitución española en sus artículos 18 y 20. Ni tan siquiera entraré en la presunción de inocencia que se nos reconoce a todos. Pero quizás un abogado lo sepa explicar mejor que yo.

Hablemos de capitalismo

Cuando se habla de derechos de autor siempre surge el mismo discurso entre sus defensores: los autores tienen derecho a vivir de su trabajo. Me parece correcto. Yo vivo del mío y me parece justo que los demás vivan del suyo. Entiendo que por su trabajo necesitan unas garantías de explotación sobre su obra, no solo por el tiempo de creación que conlleva sino por la fuerte inversión que en algunos casos implica la propia creación y su posterior distribución y venta. Pero me parecen tremendamente abusivos. Marcar un tiempo razonable de tiempo de explotación de la obra en exclusiva permite crear una industria cultural dinámica y con mayores cotas creativas. Pero tal como están planteados los derechos actualmente retrasa la creación al mismo tiempo que crea una aristocracia cultural que se extiende en el tiempo y que vive de rentas.

¿Y que pasa con la industria? Como bien comentan en uno de los artículos existe un producto que un intermediario compra y posteriormente vende al precio que quiera y en la cantidad que quiera. Y a este sistema lo llama acertadamente “capitalismo”. Lo que pasa es que el capitalismo tiene precisamente eso: al final de la cadena de producción hay unos clientes a los que si tu producto les parece malo y caro no lo compran.

Pero no ha dejado de venderse música o se ha dejado de ir al cine. Lo que ha dejado de venderse es el producto que quieren vender discográficas, productoras y demás intermediarios culturales. Y otros que han sido más rápidos y han visto el negocio han aprovechado la situación montando una nueva industria (Amazon, iTunes o Spotify por mencionar algunos). Y ganan dinero con ello. Lo que pretenden esos intermediarios culturales es proteger mediante leyes su negocio privado aunque eso signifique “secuestrar” la cultura y los derechos ciudadanos.

Entonces ¿cuál es el problema?

Que la industria cultural quiere seguir haciendo las cosas como hace 20 años cuando decidía cómo, cuándo y dónde podíamos consumir su producto. Pero la tecnología no solo ha cambiado la forma en la que se escucha música sino la forma en la que se crea y se distribuye. El automóvil sustituyó al coche de caballos pero no eliminó el transporte terrestre. Los ordenadores han ayudado a eliminar muchos puestos de trabajo pero ha creado también otros muchos. Las cámaras de fotos digitales han destruido la industria fotográfica tradicional pero no ha hecho que la fotografía desaparezca. El problema no son los piratas, es la industria cultural.

Conclusión

La única posible: no se puede demonizar a los ciudadanos. La gente prefiere seguir comprando pero cuando el producto vale lo que cuesta. Desgraciadamente la industria cultural ha pretendido enriquecerse tanto que ha empobrecido la cultura y la ha convertido en un mero artículo comercial sin un valor “real”. Además no han sabido o no han querido adaptarse a los cambios y ahora desaparecerá y será sustituida por otra. Son libres de distribuir las obras como quieran pero lo que no pueden es obligar a todo el mundo a pagar por ellas. Y eso, precisamente, es lo que están haciendo.

Fin de la entrada.

Curioso, tanta queja y hoy leo esto:

El cine español pulveriza su recaudación de 2008.

Otros enlaces interesantes:

Sobre los derechos de autor.

Internet divide a la música.

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