Distorsionando la realidad


Tengo una disputa personal con un amigo respecto a los derechos de autor: él, como  creador, defiende que el sistema actual es el más adecuado. Yo sin embargo abogo por un  cambio ahora que la industria tiene la posibilidad de adaptarse antes de que la realidad la haga desaparecer.

Y en este intercambio de ideas que tenemos me ha enviado un enlace a un interesante artículo de Luisgé Martín titulado “¡Mueran los ‘heditores’!”. Recomiendo su lectura para poder entender un poco mejor este artículo que no deja de ser, en parte, una réplica.

No puedo estar más de acuerdo con el título del artículo del Sr. Martín. Sé que lo propugna en tono irónico, claro, pero tiene razón. El miedo de Luisgé Martín es el miedo que atenaza a todos los creadores después de ver lo que ha pasado con la música y ahora con el cine. El paso de lo analógico a lo digital, de lo físico a lo virtual, ha representado para ambas industrias un cambio de paradigma. Y cuando eso pase con los libros, la industria editorial se enfrentará al mismo problema.

Habla el autor de que nos dirigimos hacia una oclocracia cultural y la compara con la democracia actual, olvidando que en la actualidad no hay una democracia sino una oligarquía cultural. En esta oligarquía unos pocos editores son los que deciden, según su criterio, qué obras son dignas de ser leídas. Así, de manera arbitraria, unos pocos deciden sobre muchos qué es lo que debemos pensar y opinar ¿es éste el sistema democrático que defiende?

El autor se escandaliza porque la llegada de los libros digitales puede significar que su prima Paqui triunfe en la red, relegando a muy buenos escritores al ostracismo por su falta de pericia en cosas más mundanas. En este punto habría que preguntarse: ¿qué es lo que hace buena a una obra?¿el escritor o los lectores? Si nadie hubiese leído a Kafka probablemente no hubiese sido conocido jamás, por muchos libros que su editor hubiese publicado.

El gran problema de la cultura actual es la perversión que ha significado convertirla en un simple producto. Ha pasado a ser un objeto más de consumo, como una camisa o un móvil. Es una distorsión de la realidad hablar de dignidad del libro cuando se ha prostituido, convirtiéndolo en un simple producto de mercado.

Ahora llega Internet y da un giro a todo. Ya no dependerá de una oligarquía decidir que es lo que el público puede leer. Ya no se cerrarán las puertas a escritores en ciernes porque sus libros no son buenos o se impedirá a los consumidores decidir que es lo que quieren leer. Internet y la nueva era digital abren la puerta a la democracia cultural. Y esto, contrariamente a lo que cree el Sr. Martín, no tiene que significar la muerte de las editoriales sino su reconversión. La facilidad de edición les permitirá ahorrar en imprentas, distribución y en general en casi todos los campos relacionados con el soporte del libro, no con el contenido. Y este ahorro permitirá que aparezcan editoriales más pequeñas y especializadas o que las más grandes destinen los ahorros conseguidos a contratar más editores. Lo que implicará que habrá más libros de calidad al alcance de todos. Y todo esto conviviendo con la Paqui en Internet.

No hay que temer a lo nuevo que llega. Y no significa que el trabajo se tenga que hacer gratis o que los autores tengan que renunciar a sus prebendas. Como lector habrá más posibilidades de elegir entre más autores. Y siendo autor puedes decidir si prefieres ir por libre o firmar con una editorial. Sólo el miedo al cambio es lo que impulsa a algunos a atacar todo aquello que sea digital.

Distorsionar la realidad como pretende don Luisgé no me parece lo más correcto, aunque lo haga con intención de defender su trabajo. Yo, como ávido lector, espero que las editoriales se sepan adaptar a los nuevos tiempos y poder elegir si prefiero leer a Saramago o a la Paqui. Aunque para don Luisgé Martín signifique tener más competencia.

Fin de la entrada.

Para reforzar lo que digo en el artículo, dos ejemplos: la trágica historia de John Kennedy Toole, autor de “La conjura de los necios” y la de Manuel Loureiro.

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