Una noche en la ópera


La ópera es uno de los pocos eventos artísticos, si no el único, en el que se confunden el aspecto musical y el social al extremo de no quedar claro si la gente asiste a la función por mostrarse en público o por apreciar la obra representada. Al menos así me ha parecido siempre ,y también así creo que lo sentirán mis lectores, y es la razón de este artículo: hablar de una noche en la ópera.

A las ocho y poco ya estoy delante del teatro esperando a mi acompañante. En estas situaciones no puedes evitar desviar la mirada entre el grupo de gente que te rodea y, claro está, no soy la excepción. Así que me entretengo observando los trajes de noche de las señoras, largos hasta los tobillos, de colores oscuros y recubiertos a partes iguales de joyas y pieles. A su lado maduros caballeros engalanados con trajes sobrios y discretos. Ambos con aspecto muy serio y formal y buscando con la mirada a sus iguales para, imagino, hablar de esa hija que se casa o lo que le ha pasado al marido de la importante familia de turno.

Una vez llegado mi acompañante nos apiñamos junto con los moños, tacones y penetrantes perfumes en la puerta para pasar entre la marabunta de gente que, camuflada de glamour y buenas maneras, intenta adelantarnos para entrar. Ascendemos a lo más alto porque a los menos pudientes nos tocan siempre los sitios más bajos.

En cuanto me siento noto lo que ya suponía: los sitios son pequeños e incómodos sin posibilidades de estirar las piernas y teniendo que compartir el apoyabrazos con el vecino. Se apagan las luces y apago el móvil mientras intento acomodarme de la manera menos dolorosa. En este punto tengo que decir que hace rato ya que por la frente me corren, no perlas, sino auténticos peñascos de sudor de tan grande calor que hace en esas alturas. Podría creer que es el sol pero es de noche así que lo veo poco probable.

Se produce el sepulcral silencio que precede al comienzo de la obra, sólo roto por algún carraspeo de carácter preventivo. Sabes que realmente empieza porque la gente aplaude al director porque desde donde estoy es imposible verlo, hasta tal punto que si en vez de una orquesta ponen unos altavoces no lo sabríamos.

Al rato empiezan los molestos ruiditos de una multitud de personas, preferentemente mayores, empeñados en hacer convivir la melódica música con una orquesta paralela cuyo principal y único instrumento es el papel celofán que envuelve los caramelos. Un par de carraspeos más tarde y ya acostumbrado al soniquete de los caramelos observo un extraño movimiento a mi derecha. Es el vaivén de la titánica lucha de mi desconocido vecino con Morfeo, la cual parece estar perdiendo irremediablemente.

Después de algunos infructuosos intentos por recuperar mis rótulas, llega el descanso. Un pequeño descanso en el que las masas de gente se desplazan nuevamente con furia callada a la calle, en busca del ansiado cigarro, e intuyo que más de uno buscando el aire frío que le despierte.

De vuelta a mi sólido asiento, por lo duro e incómodo de éste, descubro que el durmiente ha valorado mejor sus opciones y ha concluido que es más que probable que su cama sea mucho más cómoda para dormir. Las arias se suceden una tras otra y provocan enfervorecidos aplausos del público mientras un ¡Bravo! resuena una y otra vez, haciéndome sospechar que hay un familiar excesivamente entusiasmado entre el público.

Llega el final, la ópera acaba y tras conseguir sobrevivir a la marea humana, las orquestas paralelas y las incómodas butacas puedo decir que me ha gustado la obra. Al fin y al cabo es uno de los festivales operísticos con más prestigio de España, y eso tiene que significar algo.

Fin de la entrada.

Nota: el artículo está escrito en clave humorística y exagerando algunos de los tópicos del mundo de la ópera, ciertos por otro lado, dejando claro que no es una burla de esta hermosa expresión artística.

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3 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. raquel
    Mar 19, 2010 @ 01:36:13

    menos mal que al final te gustó… ya estaba pensando a quién darle tu entrada la próxima vez!! ;P

    Responder

  2. Suri
    Mar 19, 2010 @ 18:15:11

    ¡Oh! ¡Qué grande es la ópera!

    Responder

  3. uno+cero
    Mar 27, 2010 @ 12:53:37

    Dentro de mis pecadillos está el haber sido “amigo” de la ópera durante tres temporadas. Pecadillo porque la ópera tiene, como bien señalas en tus párrafos, al menos dos dimensiones distintas: la artística y la social. En esta isla la social está claramente demarcada, dominada, por el sentir aristocrático, por la apariencia y superficialidad con la que engalanan los asistentes. Yo, ocupante de butaca en las primeras filas, quedaba consternado, función sí, función también, por el emperifollamiento de todos aquellos asistentes que me rodeaban. Hacíanme sentir fuera de mi lugar, de mi espacio, de mi propio yo, lo que me define como quien soy. Y si alguien me conoce que eso no es permisible.

    En la dimensión artística… pues he de confesar que para un cenutrio como yo era complejo evaluar la calidad de la representación. Sé que la mayor parte no me gustaba. Me aburría soberanamente y, por más que le pusieran empeño los actores/cantantes en reforzar la parte dramática de sus actuaciones, no terminaban de enganchar mi atención emocional. La ópera se convertía más en un sufrir que en un bienestar. Salvo en contadas ocasiones, claro. Y sospecho que a la gran mayoría también, pero que no lo reconocían porque perdían la oportunidad de mostrarse ante sus “iguales” con no otro fin de ser aceptados por la cúpula intelectualoide y social. Un principio hipócrita con el que no me identificaba. Por eso dejé de asistir.

    Me gusta la ópera. Pero en mi casa. En mi sillón. Sin las incomodidades de los cuerpos transpirando y del tener que permanecer sentado un tiempo infinito, más centrado en los minutos que restan para el intermedio. Me gusta la ópera, sin representación dramática y cantada por los grandes de verdad. ¿No será que al final el elitista soy yo?

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