Vámonos de fiesta


Es el momento, #nolesvotes

Anoche de madrugada asistimos nuevamente a lo que, con demasiada pompa, se llama la fiesta de la democracia: comienza la carrera para las próximas elecciones municipales y autonómicas. Así que el próximo 22 de mayo tenemos una cita con las urnas para elegir a nuestros representantes, a aquellos que mandarán en nuestros ayuntamientos, cabildos y gobiernos autónomos.

Es muy curioso como funciona esto del lenguaje aplicado a la política. Y no me refiero a los discursos políticos, esos ejercicios de maravilloso virtuosismo en los que se puede hablar durante horas sin decir absolutamente nada. No. Hablo de usar palabras como soberanía, derecho, elección, compromiso para dar la sensación de que hay que celebrar algo, de que en esta fiesta los ciudadanos importamos. Aunque en realidad los representados nos terminamos sintiendo como patos de feria: de poco valor y tiroteados en casi cualquier circunstancia.

Sentirse una atracción de feria no es agradable. Menos cuando la fiesta la pagas tú. Por eso a uno le dan pocas ganas de aguantar este circo que se forma durante poco más de dos semanas y en las que nuestro políticos se empeñan en preocuparse por nuestros problemas –de los cuáles no se han ocupado en cuatro años-, en acariciar y sonreír a nuestros hijos –sin poner guarderías y reduciendo el gasto en educación– y comportarse como si fueran amigos de toda la vida mientras congelan nuestros sueldos y nos aumentan los años de cotización.

Y si encima vas a votar luego la sensación es casi peor por la cara de tonto que se te queda al ver los resultados. Más que los resultados, su interpretación. Porque en esta fiesta hasta el más feo ha ligado. O han sacado más votos, o más escaños, o el batacazo no ha sido tan fuerte o han conseguido el voto de uno que vivía en el 4ºA de la calledecualquiersitiodeEspaña. Lo peregrino del razonamiento vale para demostrar que todos ganan y nadie pierde. Menos el sufrido ciudadano, claro, que es el que siempre pierde.

Con este panorama resulta contradictorio pedir que vayan a votar. Sí, vayan a votar. Porque hasta que decidamos que ya estamos hartos de aguantar a esta clase política, de que nos manipulen, de que ayuden a los que tiene la sarten por el mango –el poder económico de grandes nombres y abultados bolsillos- en detrimento de las familias que se van a la calle por no poder pagar su hipoteca, de que además se llenen los bolsillos a nuestra costa, hasta ese momento, nuestra única arma es votar. Pero no votar a los de siempre y no votar de cualquier manera, votar para demostrar el descontento con lo que nos rodea. Votar para demostrar que nos gusta la democracia pero no queremos esta clase política, demostrarles que, efectivamente, la soberanía está en el pueblo.

Anoche empezó la fiesta, pero hagamos que a esta ronda inviten ellos, no nosotros, que bastante hemos pagado ya.

Fin de la entrada.

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