Esperando a Ada: sensaciones


La idea de ser padre siempre es complicada y exige sopesar los pros y los contras. Si hay capacidad económica para poder permitírselo, la pérdida de tiempo personal, reducción de la vida social… la verdad es que al final tiras la lista y lo decides en base a lo realmente importante: la necesidad biológica de procrear y el profundo deseo de tener un hijo. Lo demás sobra.

Nosotros esa decisión ya la habíamos tomado mucho tiempo atrás pero no habíamos tenido suerte, la Naturaleza se empeñó en evitarlo en dos ocasiones interrumpiendo otros tantos embarazos. Así que en esta tercera ocasión estaba, por resumirlo, aterrorizado. Si la primera vez el fatal desenlace se produjo en el primer mes, en la segunda ocasión nos ilusionamos hasta el tercero. Y ese fue un golpe muy duro.

Así que en esta tercera ocasión cada visita al ginecólogo se convirtió para mi en una prueba a superar, y contenía el aliento mientras esperaba que el ecógrafo mostrase el movimiento del feto y el sonido de su corazón latiendo. Tanto es así que los primeros meses me convencí a mi mismo de la necesidad de no ilusionarme, aunque con escaso éxito. En mi interior me era imposible refrenar la esperanza de que no habría ningún problema y mi mente proyectaba escenas de una feliz vida familiar digna de una película de Disney.

Recuerdo el alivio que sentía al ver que –la aún desconocida Ada- se movía y su pequeño corazón palpitaba acelerado mientras el mío se calmaba a ritmo inversamente proporcional. Creo que esos primeros meses fueron los más terroríficos. O al menos eso pensaba.

A medida que pasan los meses te vas dando cuenta de que un embarazo es una carrera de obstáculos con numerosas zonas rojas donde el señor porcentaje es el rey. Que si hay un X porcentaje de posibilidades de que pase esto, que si hay otro X porcentaje de posibilidades de que sufra esto otro… Ni recuerdo ya los momentos de pánico que he sufrido en esta montaña rusa del terror que es un embarazo. La expresión de que la ignorancia es la felicidad nunca ha sido más aplicable que en este caso.

Pero no todo ha sido malo. Estos meses también han significado momentos maravillosos e inolvidables. Para mi el que compensa todos los malos ratos fue ese mágico, especial y maravilloso momento en el que sentí por primera vez una pequeña patada de su minúsculo pie en la barriga de su madre. No era más que una pequeñísima presión sobre mi mano, un hecho sin ninguna relevancia desde el punto de vista físico, pero que borró de un plumazo todas las tensiones, disgustos y malos momentos. En aquel momento empecé a tomar conciencia de que iba a ser padre y fue justo ahí, en el instante en que su pie y mi mano se tocaron a través de la piel de su madre, cuando me enamoré de mi hija.

Fin de la entrada.

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