La vergüenza de ser occidental

Dos insurgentes se dirigen al frente en Ras Lanuf

El otro día escribía de lo mucho que debemos aprender de lo que está ocurriendo en los países árabes porque representa la esencia de lo que disfrutamos en los países occidentales. Desde Marruecos a Yemen, los árabes luchan con mayor o menor fortuna contra las dictaduras existentes en sus países en busca del derecho a vivir en libertad.

En el otro extremo está occidente, que permanece aletargado mientras observa con creciente preocupación los acontecimientos de los países árabes y con especial interés lo que pasa en Libia. En todo lo que llevamos de revuelta árabe los países occidentales se han mostrado muy cautelosos y sin capacidad de iniciativa. Su tibia condena a la violencia desatada por los gobiernos árabes parece demostrar que los intereses que defienden son puramente económicos. La bufonada que han protagonizado el pasado jueves en la reunión en la que se iba a coordinar una respuesta de la UE es la prueba de ello. Más

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Camina como un egipcio

Camina como un egipcio

Y lucha como un libio, podríamos añadir. Porque hoy aparecen en el mapa nombres de países que hasta hace poco parecían no existir y fotografías de muertos que luchan por lo que nosotros hemos olvidado.

En un discurso a propósito de la rebelión en Egipto, Obama dijo: “En los últimos días, la pasión y la dignidad que han demostrado los ciudadanos de Egipto han sido una inspiración para todos los pueblos del mundo, incluido el de Estados Unidos, y para todos los que creen en que la libertad humana es inevitable”. Ciertamente ha resultado inspirador. Más aún si consideramos que el coste es mucho más alto por cada nuevo dictador que cae.

No voy a entrar a valorar si esta revolución ha sido provocada para las ganas de libertad, por el hambre, las necesidades o una juventud deseosa de cambios y de un futuro. Puede ser una razón, dos o lo más probable, todas. Tampoco creo que sea una revolución de Internet porque la red sólo ha sido una herramienta, importante sí, pero sólo eso. No hay que quitarle valor ni dignidad a las revueltas porque están costando muchas vidas, son reales y están en las calles.

Pero sí hay que valorar lo que significa. Esta revolución debería servirnos para aprender. Por un lado, aprender a valorar lo que tenemos, la libertad de la que disfrutamos y por la que tenemos que luchar día a día. De lo contrario corremos el riesgo de que poco a poco nos la vayan quitando vestida de consumo, televisión y fútbol.

Por otro, aprender a implicarnos más en nuestra responsabilidad social, la obligación que tenemos de exigir a quienes nos gobiernan que lo hagan de una manera ética, honrada y transparente. Y ser vigilantes a la hora de saber qué empresas son también éticas.

No me voy a extender, hay decenas de páginas sobre lo que está ocurriendo en los países árabes pero sí recomiendo que lean éste artículo. Sí, hay un tirano, un asesino gobernando en Libia, pero no estaría allí sin la ayuda de países y gobiernos occidentales y de poderosas empresas cuyo único fin es lucrarse. No exigimos a nuestros gobiernos que no tratasen –ni traten- con dictadores, y de esto somos todos culpables, no vale decir que no podíamos hacer nada.

Fin de la entrada.

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